"Venezuela ha perdido un gran hijo, pero ha ganado un valioso intercesor ante el señor", crónica de mi adiós a Castillo Lara

Desde el mismo momento en que me enteré de su muerte yo sentí que no podía permitirme no despedir al Cardenal Castillo Lara. Lamentablemente ni el martes ni el miércoles tuve oportunidad de acercarme al templo de Don Bosco, así que hoy, permiso mediante, me fui a las 11:30 para acudir a la misa. Salí del metro en Plaza Altamira y tomé una camionetita hasta el templo; al llegar había en la plaza que queda por la iglesia había una inmensa cola que según la señora que estaba delante de mi, era para ver al Cardenal. Mientras la hacía la cola pude ver entre los asistentes al brevísimo ex–presidente Octavio Lepage con su esposa, muy bien conservados ambos. Se comenzaban a escuchar por los parlantes las primeras palabras de la ceremonia, en las cuales se hizo un recorrido biográfico por la vida de Su Eminencia, contando todas las grandes obras que mientras vivió hizo este pastor de almas, y de su inmenso aporte a la Santa Iglesia Católica. ¡Grande fue Castillo Lara!

La cola avanzaba y cuando todo parecía indicar que veríamos al Cardenal un Poli-Chacao nos rompió las esperanzas, diciéndonos que ya en el templo no cabía un alma más, y que escucháramos la misa en las afueras de la Iglesia donde habían instalados cornetas. No nos dolió tanto el hecho de no poder entrar al templo y tener que escuchar la misa bajo el fuerte sol de esa hora ya que a fin de cuentas para despedir a Su Eminencia bien valía la pena cualquier sacrificio; nos dolió que al concluir la ceremonia el ataúd sería cerrado y trasladado a San Casimiro, por lo que no podríamos verlo por última vez. Me queda eso en el alma.

Escuché atentamente la ceremonia oficiada por el Legado Papal, Monseñor Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, Arzobispo de Santo Domingo, con presencia de Monseñor Jorge Cardenal Urosa Sabino, Monseñor Ubaldo Santanta, el Excelentísimo Nuncio Apostólico Monseñor Jacinto Berloco; Monseñor Baltazar Porras, y otros miembros de la Santa Iglesia Católica Venezolana. No tenía mucha vista para los adentros del templo, pero de lo poco que veía, notaba que todos los oficiantes usaban mitras blancas, lo que nos hablaba de la solemnidad del evento.


La homilía del Cardenal López Rodríguez estuvo muy bonita ya que habló acerca de todo lo que vivió junto al Cardenal y dijo que si había algo que nunca olvidará era que Rosalio José defendía con gran pasión todas sus creencias e ideales, y por ellos luchaba con ahínco, cosa que nos ratifica lo que ya sabíamos: era un hombre de principios. Tuvo la homilía una frase de antología, que nos terminó de aguar el guarapo a quienes estábamos llorosos desde hace tiempo, e hizo que la misa se interrumpiera por unos minutos debido a los sonoros y continuos aplausos de la multitud, “Venezuela ha perdido un gran hijo, pero ha ganado un valioso intercesor ante El Señor”. ¡Sabias palabras!

Después de la homilía, y acaso simbólicamente, una leve garúa cual llanto celestial cayó sobre nosotros, y sirvió para mitigar un poco los estragos del sol. Rezamos el Padrenuestro agarrados de manos, nos dimos la paz, comulgamos, lloramos y nos deleitamos con la melodiosa y casi celestial voz de Cristian Pernía, el muchacho que cantaba todos los domingos en misa de 12 allá, que cantó esa preciosa canción llamada “La Muerte no es el Final” de la que me permito traer la siguiente estrofa:

Cuando la pena nos alcanza,
por un hermano perdido.
Cuando el adiós dolorido,
busca en la fe su esperanza.
En tu palabra confiamos
con la certeza que Tú:
ya le has devuelto a la vida,
ya le has llevado a la luz.



Llegada la parte final de la ceremonia, cuando se hacen los anuncios pertinentes y se da la bendición, Su Eminencia hizo un anuncio que nos llegó de alegría a todos los que estábamos afuera, diciendo que luego de que cada uno de los Ministros se despidiera del Cardenal Castillo Lara, el ataúd cerrado saldría a hombros de 24 sacerdotes por la entrada principal del templo y haría un recorrido por las afueras del mismo, para luego volver a entrar, lo que significaba que de uno u otro modo tendríamos la oportunidad de despedirnos de él.

Mientras los sacerdotes le daban el último adiós, Poli-Chacao nos ordenaba a los allí presentes de modo que no se presentara ningún inconveniente a la hora de sacarlo en procesión. También aparecieron los fotógrafos de los diarios y varios camarógrafos para registrar ese momento; mientras, yo hacía lo propio y sacaba el celular para tomar alguna foto, pero vano intento ya que como suele suceder conmigo, el llanto hizo que todo se me olvidara.


No más al escuchar los estruendosos aplausos que salían de la iglesia a medida que el féretro de Su Eminencia pasaba bastó para que me olvidara de celular y de todo y comenzara a llorar y a aplaudir también. Es que a mi hay gestos que me conmueven mucho y de una me llegan al alma y hacen que llore. Ser testigo de cómo el pueblo al que tanto quiso, al que tanto defendió, por el que tanto luchó, le reconocía su esfuerzo y lo aplaudía a su paso, como solo se le aplaude a los grandes, es algo que quedará grabado en mi memoria, y me conmoverá por siempre.

Entre lágrima y lagrima el sonido de los aplausos se hacía cada vez más cercano lo que indicaba que de un momento a otro el ataúd del Cardenal saldría la calle. Afuera ya el llanto era algo común entre todos los presentes, porque el momento era más que emotivo. Salió el ataúd y por estar de primera en entre la muchedumbre tuve la dicha de tocarlo y persignarme, en lo que constituiría el último adiós de mi parte a Castillo Lara. Lo aplaudí como si el mundo se acabara en esos aplausos, mientras otras personas le lanzaban flores o agitaban pañuelos blancos en señal de despedida.


Cuando iba por la mitad del trayecto comenzaron a gritar “¡valiente, valiente!” y yo aunque hubiera querido dejar mi garganta en reconociendo el coraje y valentía de este gran hombre, simplemente no pude porque a lo único que atinaba era llorar y aplaudir; y más en ese momento cuando lo que veía era la despedida de uno de los pocos HOMBRES DE HONOR (así, en mayúscula) que ha tenido el país.

Cuando el féretro entraba de vuelta al templo, comenzaron a sonar las notas del Himno Nacional y puedo jurar que no hubo alma en ese templo lo suficientemente fuerte como para resistirse a botar alguna lagrima en ese momento. Porque despedíamos en grande, con el “Gloria al Bravo pueblo que el yugo lanzó”, a un hombre que fue digno representante del bravo pueblo, que dejó todos los lujos y comodidades de su gobernada Roma y se vino a Venezuela a vivir y luchar como uno más, contra aquello que sus principios le decían era incorrecto.

Alzó la voz cuando lo creyó necesario y no tuvo miedo de decir lo que pensaba, aunque por ello tuviera que pagar la nauseabunda campaña de insultos e infamia que sobre el vertieron esos no menos nauseabundos seres cuya pobre razón de vida es alabar al Presidente Chávez. Campaña que por cierto poco hizo en su contra, porque el respeto así como se gana con hechos y no palabras, también se pierde con hechos y no con palabritas truculentas y mal redactadas en laboratorios de guerra sucia.

No le fueron rendidos por parte del Gobierno Nacional los honores que merecía, pero eso poco importa porque el hecho de que el Himno Nacional no sonara a caletre y canción repetida cuando se entonó en su presencia, sino que dieran ganas de cantarlo más alto a pesar del llanto, es el mayor honor que podía haber recibido. Hay gestos que hablan por si solos, y esos aplausos, esos gritos, esa tristeza, y esas lágrimas, sirvieron para gritarle al mundo que Rosalio José Castillo Lara fue uno de los hombres más grandes de los últimos tiempos, tanto para la Santa Iglesia Católica como para Venezuela.

-Dale Señor el descanso eterno
-Y que brille para el la luz perpetua.
-Descanse en paz
-Amén.

6 comments:

Anonymous said...

Luz Clarita, que conmovedora experiencia. No pude ir a despedirme y de leer el post me da ganas de llorar, pero nos dejó un legado de valentía y honor. Inició el camino y debemos continuarlo. Lo de la ruindad del régimen a no comportarse con madera de estadista, no nos da más que conocimiento de ver y conocer en qué manos estamos. Si fuera un santero, un brujomalamañoso o un impostor como el cura fabricado por chacumbele y que ofició la misa velatoria de D. Anderson, seguramente las celebraciones post mortem habrían estado presente. Que bueno que las gentes nobles de mentes y espíriyu estuvieron presente, aunque el Cardenal amó y hasta el ´´ultimo momento alertó al pueblo, seguro que desde el Cielo estará pidiendo iluminación para quienes aún están cegados. Dios lo tenga en su gloria y ciertamente, más cerca estará del señor para interceder por sus hermanos. Pidámosle a él, a su alma para que nuestro pais vea la luz y salga de este momento oscuro con fe y tenacidad.

Tú como siempre, hasta en estas vivencias nos pones al dia. Gracias. Dios te bendiga.

Anonymous said...

VENEZUELA GANA UN ÁNGEL DE LA GUARDA

Anonymous said...

GRACIAS LUCECITA!! QUE RELATO TAN CONMOVEDOR..QEPD CARDENAL..

El reportero said...

Que lamentable noticia, se nos va un gran hombre, pocas personas merecen ser despedidas con honores, y Castillo Lara sin duda alguna se merece una despedida así.

Gracias!! por todo.. que el Señor te tenga en su Gloria.

Anonymous said...

Monseñor Lara, una de nuestras peticiones es que alejes el mal y la ignonimia en al Estado Aragua, regiónque te vio nacer, que Didalco se aleje y se cure de sus prácticas de brujerías diabólicas (y no siga induciendo al débil Tulito) y que el bien, con fuerza al estilo cruzada espiritual se imponga como fé católica, plataforma del bien, del progreso. La verdad se imponga sobre la mentira, el bien contra el mal, la belleza de espírutu sobre la fealdad y la justicia divina y humana sobre los parapetos.
AMÉN,
En nombre de los aragüeños.

Anonymous said...

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